Atenderse, restaurarse


Ess Urbain

Al hablar de los impactos psicológicos de María el énfasis se ha puesto -acertadamente- en los factores emocionales: la ansiedad, depresión, angustia, pánico, frustración, incertidumbre, sentido de pérdida, desesperanza asociadas a todo lo que ha pasado o debió pasar y no pasó en los pasados cuatro meses. Se ha hablado también, quizás antes más que ahora, de las respuestas emocionales positivas asociadas a la experiencia del huracán: empatía, altruismo, esperanza, perseverancia, sentido de autoafirmación, deseo de resurgir y reponerse, satisfacción en la cooperación y ayuda mutua, entre muchas otras. Un tipo de impacto psicológico relacionado pero distinto, sin embargo, es el impacto en los procesos cognitivos, en particular procesos atencionales o relacionados a la atención, cuyos efectos acaban haciendo el manejo de las dificultades a nivel emocional aún más difícil, si bien a la vez, como quiero plantear, en el tema de la atención hay algo de espacio para la esperanza. La atención constituye un recurso crucial para mitigar y afrontar los efectos, psicológicos y de cualquier índole, provocados por el huracán y las múltiples precariedades que agravó. Mi punto, quizás obvio, es este: el huracán y sus secuelas han trastocado masivamente los procesos atencionales de nuestro pueblo. Una imagen: más de tres millones de cerebros (sus ventanas, antenas, interruptores, palancas giratorias…) jamaqueados hasta la raíz y buscando enderezarse sobre un territorio atrozmente golpeado y maltrecho. Eso sin contar los más de 4 millones de aparatos atencionales vinculados a este lugar aunque esparcidos más al norte, agachados y también (si de otra forma) duramente golpeados -incluyendo el mío. Ante un panorama así, importa preguntarse cómo aliviar tales impactos y cómo reparar esas fuerzas con las que tanto necesitamos contar.

En la psicología el término ‘atención’ se refiere a procesos que envuelven la selección o enfoque en un aspecto de la información disponible (y la exclusión al menos momentánea de otros) con miras a procesamiento ulterior. La atención es por definición selectiva, dinámica (fluctuante) y limitada (no se puede prestar atención a todo a la vez y todo el tiempo). Además, la atención no es una sola cosa; hay varios tipos y varias formas de dividirla. Una distinción básica es, por ejemplo, aquella entre la atención enfocada, puntual, aguda que prestamos a algo específico (una piedra, un ruido, un olor) y la atención abierta, vigilante, abarcadora, ‘global’ que usamos, por ejemplo, para monitorear o sondear nuestro alrededor y detectar cambios súbitos o posibles amenazas a nuestro bienestar. A nivel cerebral la atención parece darse en tres actos: 1) alertarse (un aumento de la sensitividad ante un estímulo detectado), 2) orientarse (enfocarse en un aspecto de la información entrante) y 3) responder o ejecutar (cuando mantengo en la mira mi propia respuesta a lo atendido). Así por ejemplo, siento una molestia en el pie (alertarse), 2) noto que tengo una piedra en el zapato (orientarse), y 3) me agacho a sacarla para reducir mi angustia (responder o ejecutar). O: oigo una voz familiar, me doy la vuelta y noto que te acercas, me detengo para saludarte. Interesantemente estos tres procesos atencionales envuelven la activación de circuitos cerebrales distintos y dependen de la diseminación rápida de distintos neuromoduladores, como si al atender el cerebro hiciera tres cosas diferentes y no una sola (para detalles ver el trabajo de Michael Posner).

En cualquier caso, cabe inferir que el huracán mismo y el contexto post-María han complicado, multiplicado e intensificado los ciclos atencionales de los puertorriqueños en la isla, obligados a prestar atención a una cantidad enorme de cosas que antes podían tomarse por dadas (agua, luz, comunicación, escuela para los niños, etc.) y rodeados como han quedado, por recordatorios constantes de las carencias, confusiones, zozobras, incertidumbres de la debacle, por no hablar del terror provocado por la brusquedad desmedida del huracán mismo, aplastante, ruidoso y aterrador.

Esa atención en tres actos descrita arriba opera a su vez en dos formas o por dos vías, la fácil y la difícil: la atención involuntaria o espontánea, que prestamos sin mayor esfuerzo a lo que nos provoca curiosidad o nos atrae pasajera o duraderamente (la atención fácil), y la atención voluntaria o dirigida, que usamos, por ejemplo, cuando un problema requiere un esfuerzo sostenido para resolverlo (la atención difícil).  Este punto es central: la atención dirigida (la difícil) es un recurso limitado, no se puede prestar atención dirigida para siempre sin parar. Usar sostenidamente la atención dirigida crea lo que en psicología se llama carga cognitiva, o ‘cognitive load’, como si el peso de la actividad misma de prestar atención se hiciera palpable creando así una fatiga atencional, y con ello un desgaste o agotamiento o vaciamiento de las baterías atencionales, o como se conoce en inglés, ‘depletion’.

Como sabe cualquiera que haya tratado de acabar de leer o escribir o analizar o calcular algo después de mucho rato, insistir en seguir enfocado cuando la gasolina atencional se agota, cuando la atención espontánea busca mirar para otro lado, retraerse, cambiar de canal, es dificilísimo. Y sin embargo, es común que las situaciones y decisiones que afrontamos individual y colectivamente en el día a día nos lleven directo a la fatiga atencional. Claro entonces que tras el huracán la carga cognitiva y la fatiga atencional con la que han debido lidiar los puertorriqueños se habrán vuelto abrumadoras. El selectivo enfocar y suprimir requerido por la atención dirigida se vuelven más arduos si uno está rodeado de cosas urgentes que atender y además, está mentalmente desgastado.

La fatiga atencional, cabe aclarar, no es una condición de salud mental, como la depresión o la ansiedad, sino más bien un estado y un factor que complica las posibilidades de responder efectivamente a los retos que nos presenta el día a día, incluyendo los retos de salud mental propios y ajenos. Algunos efectos asociados a la fatiga mental en general incluyen la dificultad para controlar o inhibir impulsos, dificultad para regular las emociones, mayor irritabilidad, mayor tendencia a la procrastinación, mayor dificultad para postergar la gratificación de deseos, para priorizar y estrategizar, y para considerar metas a mediano o largo plazo al tomar decisiones. Cabe repetirlo: los costos mentales (emocionales y cognitivos) del constante prestar atención y el constante estar en estado de alerta, tanto en el contexto de la vida ‘moderna’ como en un contexto de desastre ‘natural’ afectan nuestra propia capacidad de enfrentarlos efectivamente. Entonces, ¿cómo renovar fuerzas? Dormir, sin duda, ayuda un mundo. Pero ¿qué hacer si estás despierto?

II.

La idea de que salir a estar ‘en contacto con la naturaleza’ es bueno para ti y en algún sentido te restaura no es nueva. Los retornos a la naturaleza (literales o figurativos, parciales o totales, temporeros o eternos) son un tema o un gesto cultural quizá endémico a sociedades o épocas que se percatan de lo acentuado de su propio refinamiento o distanciamiento o ruina o venida a menos …pero especulo. Y además, es claro que no vale la pena hacerse una idea muy bonachona y naive sobre la relación entre el bienestar y ‘la naturaleza’. Baste el huracán mismo (incluso si no puramente ‘natural’) como evidencia de su capacidad destructiva, ante los ojos y oídos de 3 millones de testigos que también, aunque problemáticamente, forman parte de ella.  Aún así, en la psicología ambiental y campos relacionados hay una literatura bastante amplia que documenta los efectos positivos, o restauradores, de ciertos ambientes llamados o percibidos como ‘naturales’. En un estudio clásico de los años 80, pacientes en cuidado post-operatorio que estaban en cuartos de hospital con ventanas que daban a un parque tuvieron un tiempo de recuperación en promedio más corto que pacientes que se recuperaban de su cirujía en cuartos con ventanas que daban a la pared del edificio contiguo. Roger Ulrich, quien lo reportó, vio el resultado como consistente con la hipótesis biofílica, asociada al gran biólogo norteamericano E.O. Wilson, según la cual poseemos una afinidad natural y una tendencia innata a buscar afiliarnos a, y rodearnos de otras formas de vida. Estar en un ambiente ‘natural’ (o incluso en el caso del estudio de Ulrich, simplemente mirar unos árboles desde una ventana de hospital) pareciera activar procesos de ajuste (reducción de estrés y otros beneficios) que los partidarios de la hipótesis biofílica interpretan como evidencia de una especie de retorno al hogar ancestral de nuestra especie, a la medida del cual la selección natural habría esculpido nuestras inclinaciones y preferencias.

No hay espacio aquí para discutir los méritos y los límites de esa teoría, que por otro lado ha inspirado a numerosos arquitectos y diseñadores a crear ‘ambientes restauradores’ (‘restorative environments’), espacios físicos que buscan imitar o evocar cualidades ‘naturales’ bajo la premisa de que los ocupantes de dichos espacios se beneficiarán o al menos se sentirán a gusto. A mí, de hecho, me provoca mucho interés la otra teoría, no menos poética y tal vez no del todo incompatible con la biofilia. Propuesta también en la década de los 80 por los psicólogos Rachel y Stephen Kaplan, la teoría de restauración de la atención o ‘attention restoration theory’, propone que lo que explica los ampliamente documentados efectos restauradores de la naturaleza, lo que la naturaleza restaura a fin de cuentas, es justamente nuestra capacidad para prestar atención, específicamente nuestra capacidad para usar la atención dirigida (‘directed attention’). Los Kaplan teorizan que algunas características perceptuales de los llamados ambientes ‘naturales’ activan procesos atencionales automáticos e involuntarios (los que arriba llamamos la atención fácil), lo cual acaba ofreciendo a la atención esforzada, dirigida, voluntaria (difícil), una oportunidad para restaurarse, restablecerse, reabastecerse (‘a chance to replenish’, en palabras de los Kaplan).

La evidencia a favor de esta hipótesis es bastante tradicional y sólida. En un estudio típico los participantes son asignados al azar a una de dos condiciones. En ambas condiciones hay una secuencia de tres pasos: primero el participante realiza una serie de tareas cognitivas en un laboratorio (cuentas regresivas, calistenias mentales, cosas así) dirigidas a crear carga cognitiva; luego sale a dar una caminata; y finalmente regresa al laboratorio para una segunda ronda de tareas cognitivas. La diferencia crucial es que la caminata que les toca dar a los participantes en la condición o versión 1 es por una calle comercial de la ciudad mientras que en la versión 2 los participantes caminan por un parque botánico. Consistente con la hipótesis de la restauración de la atención, aquellos participantes que dan la caminata por el área más ‘verde’ tienden a salir mejor en la segunda ronda de tareas cognitivas (es decir, las completan más rápido y cometen menos errores). Esto sugiere que la vuelta por el parque les ha provisto a los participantes (y más bien al aparato atencional que volverán a necesitar cuando se sienten de nuevo en el laboratorio) una oportunidad de reducir la fatiga atencional y restaurarse, llevando a que puedas controlar tu atención voluntaria mejor después de la ‘intervención’. Los efectos, como casi siempre en la psicología, son moderados, no mágicos ni gigantescos, pero al parecer reales, y suficientes para sugerir que algo importante está en juego tras de ellos y los causa.

Una implicación importante de la teoría de restauración de la atención y los estudios que la apoyan es que al parecer no todo relajarse conlleva un restaurarse. Es claro que hay que poder relajarse. Ver televisión o estar pegado del social media me relaja y me distrae. Pero no necesariamente me restaura. Esto es porque mucho de lo que me entretiene activa procesos atencionales muy parecidos a los que me agotan para empezar. Si me pongo a ver un programa o a jugar un juego que me requiere activar la atención difícil para no perderme, probablemente me distraeré, pero no le estaré dando a mi cabeza una oportunidad de reabastecerse de la forma que lo haría, por ejemplo, un paseo tranquilo por un área verde o por el campo. La recomendación entonces parece obvia: ¡corramos todos al campo a restaurar nuestras capacidades atencionales! …Pero ¿y qué si el campo mismo está roto?

III.

La atención, de nuevo, es selectiva, lo cual aplica obviamente a la mía, y yo tiendo a pecar de optimista. Quizás por eso cuando estoy en la isla, aunque lo roto y lo dañado me son tan visibles como a cualquiera, me asombra mucho más todo lo que sigue ahí, levantado o enderezado o despejado por el esfuerzo de tantos. Así lo que no está roto ni derrumbado me sorprende un poco cuando me lo encuentro, y hasta los muros más comunes y corrientes me parecen de una solidez y belleza dignas de atención, como si merecieran un estatus especial, una membresía honoraria en el club de las cosas robustas y sobrevivientes. Vengo al pueblo de mis papás (San Sebastián del Pepino, ciertamente no uno de los más severamente golpeados) y me asombro al ver el orbe, la plaza, las aceras, los negocios, los caminos, los árboles que no se cayeron. Entro al supermercado y veo tantas cosas, aunque sé que hubo días en que estas mismas cosas estuvieron escasas. De nuevo, quien quiera atribuirle mi tímido optimismo a la distancia, la ingenuidad, al no haber visto lo peor, lo entiendo y lo acepto de buen grado. Pero me refugio en el hecho de que el mal del optimismo es un mal ampliamente difundido, tanto o más que el mal del pesimismo.

En cualquier caso, lo que queremos, por el momento y a grandes rasgos, creo yo, es claro: pasar de un país roto a un país reparado, de un país sin piezas de repuesta a un país sobrepuesto. Tener en cuenta cómo funciona la atención (y aquí solo apunto a unos pocos aspectos entre muchos igualmente relevantes y útiles) puede ayudar a ponerla al servicio de su propia recuperación y con ello la de nuestra capacidad de contribuir a la recuperación de todos. Es obvio que el huracán y las debacles que amplificó no son solo una cosa mental, y es obvio que la psicología no puede resolverlo todo. Pero sí puede, dado todo lo que ha pasado, ayudar a identificar áreas que necesitan atención, como en este caso, la atención misma, cuyo agotamiento interfiere con el funcionamiento efectivo y el bienestar emocional. Es claro que nuestro pueblo ha pasado por un maratón atencional fuera de proporción. Toca restaurarse, procurar hacerse un pueblo bien descansado, bien alimentado, bien albergado, bien equipado y bien enfocado en su recuperación, mental y ambiental, social, cultural, económica y política. Habría quizás que hallar inspiración en el reverdecer indetenible de los trópicos. Restaurarse recomponiendo el entorno y restaurándolo. Pasar de la deshojación a la fronda. Habría que restaurar nuestra atención para poder prestarla, para poder vernos y oírnos, notarnos, atendernos, escucharnos con esmero. Dependeremos de la tenacidad de nuestras tenazas atencionales individuales y colectivas para enfrentar a los que nos querrán dormidos y distraídos y demasiado agotados para interferir con el saqueo. Toca procurarnos un entorno más sostenible, deseable, y vivible, en donde florecer y en donde reabastecer y robustecer estas fuerzas que necesitaremos. En fin, no es hora de tomar por dada la destrucción y la ruina. Hay que poder atender, notar, palpar todo lo que no es ruina. También nosotros mismos.

 

Nota: En el proceso de acabar esta columna, mi papá, Ramón Eusebio Díaz Jiménez, de San Sebastián, PR, falleció. A él se la dedico, llorándolo y extrañándolo, mientras busco restaurarme yo mismo y hallar fuerzas para escribir una sobre su vida. Gracias eternas y hasta siempre, papá querido…

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