“Mi viaje al sur” de Hostos: 150 años después


A despecho de algunas reservas relacionadas con el mareo y el frío intenso, hice recién una travesía que me obligó a recordar persistentemente ese famoso “viaje al sur” de Hostos que realizó a plazos cómodos a  principios de los años setenta –siglo XIX. Entonces se viajaba en barcos de vapor. Hostos emprendió el viaje desde Nueva York desilusionado con el liderato cubano-puertorriqueño que disolvía sus energías en insolubles polémicas “revolucionarias” que giraban en torno al afán de buscar a la vez la independencia y la posterior anexión a los Estados Unidos.

Mientras se desarrollaba en Cuba la guerra por la independencia que inició Céspedes y morían cada día cubanos y otros antillanos, Hostos consideró que era más útil y acaso posible promover la causa de libertad de las Antillas en los países de la América que llamaba colombiana, pues sobrevivían algunos héroes que generaron al mando de Bolívar, de San Martín y otras personalidades dignas de imperecedera gratitud, en posición política de primera línea, o gozando de un prestigio impune en sus países. Creyó que aun reinaba en sus corazones el ideario emancipador y el recuerdo imponderable de Simón Bolívar.

Pasó, fundamentalmente, por Colombia y Panamá, Perú y Chile, y Argentina, con otras paradas quizá de menor importancia. Logró impactar con su prédica a muchos, incluso, a algún presidente. Intentó revivir el sueño bolivariano de una América unida a través de convocatorias del más alto nivel y proponiendo la creación de instrumentos mutuamente útiles entre los países que pudieran relacionarlos, acercarlos, y hacerlos participar de proyectos colaborativos.

Su viaje no cayó en el abismo oscuro del olvido y los empeños fracasados, si bien no obtuvo todo lo deseado. Tuvo impacto observable en muchos de esos países y aun en otros como la República Dominicana, Cuba, España y, seguramente, tanto en la ruta preconcebida del dominio norteamericano en Puerto Rico, como en la visión puertorriqueña de nuestra propia precariedad. El Hostos que emerge de esta travesía su travesía por el sur fue un Hostos transformado, el definitivo, paladín de una libertad concebida más allá de la independencia y principal gestor de algunas de sus instrumentalidades. El viaje al sur maduró su personalidad y su figura.

La referencia frecuente al “viaje al sur” nos llega en gran medida a través de la edición de las “Obras completas” publicadas a propósito del centenario de su natalicio. Uno de sus volúmenes se presenta ante los ojos del porvenir con ese título acertado –“Mi viaje al sur”– aunque no se trate de una obra concebida por Hostos en esos términos. En realidad es una recopilación de trabajos distintos redactados durante su travesía, o poco después, a propósito de diferentes motivos convergentes. Algunos caen como anillo al dedo a la concepción que los editorializó, pues su intención es la de observar, describir y estudiar desde la topografía y geología de los países que visita, hasta los paisajes que vislumbra y lo deslumbran, e incluso la antropología y sociología de comunidades y sociedades. La curiosidad de Hostos era incansable, vasta, de mirada múltiple. También comprometida. De modo que el viaje de Hostos no se limitó a la propaganda, sino también, y en medida en ningún sentido secundaria, al estudio de los países que visitó. Tratándose de él, no podía ser de otra manera.

Hostos recorrió, a caballo y en tren, muchas zonas del Perú –del Callao a Lima y hacia la sierra andina–, de Chile –hacia el sur araucano y la sierra–, de Argentina, hasta Mendoza, Córdoba, la Pampa y Rosario. En Perú observó y estudió los tipos humanos, las instituciones políticas, las socio-culturales y las político-económicas. No le faltó desarrollar proyectos y promover iniciativas de alcance nacional. En Chile, como bien se sabe, desarrolló sus tesis sobre la educación de la mujer y, a través de la Exposición nacional de logros económicos y sociales de Chile, analizar y valorar las instituciones, proyectos ambiciones y logros del país.

En Argentina propuso iniciativas culturales, económicas y sociológicas, incluido su famoso tren trasandino, la navegación de los ríos del centro-norte y la creación de una especie de Mercosur. No le faltó tampoco, como se ve, desarrollar proyectos y promover iniciativas de alcance continental.

Mi viaje de solo dos semanas no podía aspirar a otro tanto. En realidad, más que a la estrechez del tiempo, a la diferencia obvia de capacidades. Pero no pude evitar mantener a lo largo de toda la ruta la memoria del puertorriqueño que alcanzó las proyecciones y los logros más grandes y vastos. Pasé de Bogotá a la populosa ciudad de Buenos Aires. De allí a Montevideo a través del Río de la Plata. Luego las Islas Malvinas azotadas por vientos helados. Vislumbré la majestuosa entrada al estrecho de Magallanes, de cuyo tránsito no faltan observaciones en el citado volumen de Hostos. Disfruté de la epopeya visual de parajes insólitos y de extrema belleza en los nevados fiordos chilenos y sus glaciales azules; sufrí los mareos de la travesía por el Cabo de Hornos; conocí Puerto Montt y Puerto Varas, y, además de Santiago de Chile, capital que ya había visitado en dos ocasiones, retorné a la espléndida vista cromática de Valparaíso.

Comprobé con insospechados asombros no solo la mencionada belleza de sus paisajes, sino el riquísimo desarrollo de capitales vigorosas y modernas. Estuve en el departamento interior de San Luis, Argentina, próximo a Mendoza. Vi allí iniciativas de desarrollo urbano espléndidas que transforman la región. En las Malvinas, amén de un viento antártico que hiela hasta el hueso, contemplé parajes desolados de piedra, sin arbustos siquiera, y pingüinos que no hayan qué hacer. Usuhaia, por otra parte, es un paraíso escondido en la zona habitada más al sur de planeta, ubicado a orillas del mar de los fiordos y elevada hacia una cordillera de cerros nevados que abrazan la cuidad.

Visité nuevamente las tres residencias en la tierra que parecen esperar aun el regreso de Neruda, y abracé amigos entrañables en Buenos Aires, Montevideo y Santiago de Chile, donde con un poco de empeño conseguí hallar en lecho de enfermo a un poeta que conoció la obra de Hostos desde niño y que ha vigilado y sufrido, además de los propios, nuestros desaciertos como pueblo disminuido y paupérrimo.

Recorrí nuevamente las calles de Valparaíso sin olvidar que Hostos acudió justamente allí a visitar la tumba de su entrañable amigo Segundo Ruiz Belvis, “el olvidado”. Tanto Ruiz como Hostos acudieron a Chile para combatir una miseria que, entonces como hoy, le debe más al coloniaje que a los huracanes.

Cerca de 150 años después de su visita –y salvando algunos nombres y distancias–, sobrevive en lo alto del cerro el eco de aquel Hostos que clamaba por la presencia del amigo de sus ideas. El eco que reclamaba luz para desvanecer el olvido. Ese olvido ataca también el recuerdo de Hostos. Y esa luz, que bien podría alumbrar el recuerdo de Hostos, de seguro alumbraría además nuestros caminos de hoy.

Source link

Some Upcoming Workshops
Las niñas negras también luchan